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El arte a través de las mujeres: Artemisia Gentileschi (1593-c.1653)


Por M. Natividad Almendro - ene 7, 2014


Artista del barroco italiano, hija del pintor Orazio Gentileschi. Violada en su adolescencia por Agostino Tassi, maestro de Artemisia y amigo de su padre. Este acontecimiento marcó su vida; el juicio al que se le sometió hizo estragos en ella y dañó su imagen, a la que no favorecía el hecho de pintar desnudos con modelos reales. Más tarde, su padre la casó con otro pintor – Pietro Antonio Stiattesi-, lo que ayudaría a limpiar su honor.
En sus obras prima la calidad del dibujo, los dramatismos formales, el matiz de teatralidad y los claroscuros caravaggistas. Fue una de las artistas pioneras en plasmar escenas religiosas, reinterpretando las Escrituras de un modo personal. Una de las obras más conocidas es Judith decapitando a Holofernes, en la que tanto las líneas como la luz nos guían hacía la espada que degüella al hombre. En varios cuadros, como en éste, retrata a mujeres poderosas venciendo sobre el mal, representado por los hombres; generalmente, en primeros planos, de manera que el espectador puede observar la escena con detalle, y con una llamativa paleta de colores.
Artemisia_Gentileschi_-_Giuditta_decapita_Oloferne c1620
Artemisia_Gentileschi_-_Giuditta_decapita_Oloferne c1620

Se trasladó a Florencia con su marido, con quien tuvo una hija, Prudenza. Allí pudo entrar en la Academia de Dibujo y comenzar a relacionarse con personajes influyentes en el mundo del arte, entre quienes encontraría a sus futuros mecenas. Recibió encargos de Cosme II de Médici y Felipe IV, entre otros. Realizó por aquella época una serie de mujeres de la Historia y heroínas bíblicas. Esther y Asuero es una de estas escenas, que acabó años más tarde en Roma. Asuero se enamoró de esta misteriosa mujer de origen judío –origen que ocultó al rey-, convirtiéndola en su reina. Hasta que un día, el rey decide exterminar a todo el pueblo judío de su reino; es entonces cuando Esther decide acudir al soberano para salvar a los suyos. Arriesgando su vida corre hacia palacio, casi desvaneciéndose, para confesarle a su rey su procedencia, y pedirle que permita a su pueblo seguir con vida. En el lienzo, se observa el leve desvanecimiento de Esther tras la carrera; la sostienen sus doncellas mientras el rey inicia el gesto de levantarse de su asiento para ver que le ocurre. Pese a que Esther se sitúe en la parte izquierda de la obra, la luz se centra en su busto y su rostro, para mostrar su valeroso aunque arriesgado gesto.
Esther y Asuero (c.1628)
Esther y Asuero (c.1628)

Tras separarse, Artemisia viaja a Roma con su hija, llamada por su padre Orazio para viajar con él a Génova y ayudarle con un encargo. Volverá en esta etapa a retomar sus Judith, como si de su alter ego se tratase, por una venganza no consumada contra aquéllos que habían provocado su padecimiento tiempo atrás. Antes de su vuelta, nació Porzia, su segunda hija. Tanto ella como Prudenzia, continuaron con la profesión de su madre.
En Napolés, todo su esfuerzo y calidad pictórica se ven verdaderamente recompensados y valorados. Artemisia no era solo pintora de clichés. Comienza a pintar obras para iglesias, dejando atrás sus valientes mujeres, para demostrar su talento con otras temáticas. Allí mantuvo buenas relaciones con el conde de Monterrey, virrey de Napolés, quien le encargó el Nacimiento de San Juan Bautista, para regalar al Palacio del Buen Retiro de Madrid –la obra se encuentra actualmente en el Museo del Prado-. Muchos otros encargos provinieron de españoles.
Uno de sus relevantes viajes profesionales fue a Londres, llamada por Carlos I de Inglaterra. Viajaba con su padre, quien murió allí. Así pues, ella tuvo que terminar los encargos que Orazio tenía comenzados y realizar los suyos propios. En Londres, es donde se cree que realiza la Alegoría de la pintura, en la que aparece su autorretrato.
Autorretrato en Alegoría de la Pintura (c.1638)
Autorretrato en Alegoría de la Pintura (c.1638)

En definitiva, mujer valiente, que consiguió imponer su arte por su calidad, y entregada a una pintura llena de luces y sombras, como su vida.