Paul Cézanne, 30 años después


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Era marzo de 1984 cuando, siendo estudiante de Bellas Artes, cogí un autobús de línea desde Barcelona para ver la exposición de Cézanne en el entonces llamado Museo Español de Arte Contemporáneo de Madrid, hoy Centro de Arte Reina Sofía.

Recuerdo cuánto disfruté de aquella muestra de 1984, que miré y remiré a mi antojo todo lo que quise, aunque las imágenes que conservo de aquella ocasión son amarillentas y con cierta pátina propia de la madera vieja. El diseño de la muestra, pese a ser una antología más que correcta, no sorprendió a nadie, lo que sorprendió fue la obra de Cézanne, nunca antes vista en España en una recopilación de más de 80 magníficas obras.
Han pasado treinta años de aquella experiencia de juventud en solitario y para celebrarlo, me acerqué el otro día al Thyssen a ver la excepcional exposición del pintor francés. Hoy el mérito del viaje queda reducido al cuestionable esfuerzo de robarle tiempo al tiempo, y dedicarme un homenaje en un gran museo de Madrid. Todo sea por el gozo de volver a ver la obra del padre de la pintura moderna, todo sea por quedar boquiabierta una vez más, y todo sea por volver al Thyssen, por qué no.


Breve apunte biográfico
Paul Cézanne (Aix-en-Provence, 1839 - 1906) nació y vivió siempre en Francia. En sus años de juventud intentó estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París, entonces de moda para los artistas prometedores del momento, pero su petición rechazada, no sería este el último repudio que sufriera el joven pintor, ni siquiera el más importante.

Tras aquel varapalo regresó a su Aix-en-Provence natal, pero poco después, en 1862 decidió dedicarse en cuerpo y alma a la pintura y regresó a París. Allí frecuentó a su amigo Zola, a Guillaumin y a Pissarro, y admiró a Courbet y Manet, entonces considerados pintores "radicales" cuyo lenguaje se alejaba de la ortodoxia propia del gusto oficial. En 1870 Cézanne presentó en el "Salón de los rechazados" su Retrato de Achille Emperaire al Salón, donde fue juzgado de inaceptable y extravagante. Nuevamente repudiado.

Pasada la guerra franco-prusiana, Cézanne y su pareja Hortense Fiquet se trasladaron a vivir al campo, cerca de su admirado maestro Camille Pissarro. En aquellos pocos años trabajó el paisaje junto al que consideraba su padre artístico, maestro y mentor. Entre 1872 (año en que nació su hijo Paul) y 1873 su paleta de tonos oscuros empezó a iluminarse y profundizó junto a Pissarro en la pintura de paisaje con tal intensidad que pronto su relación se tornó de maestro-alumno a colegas de profesión.

En aquella época Cézanne se movía entre la Provenza y París, donde fue aceptado en el grupo de los ya famosos grupo de los impresionista. Con ellos empezó a exponer sus obras, aunque a la crítica siempre causaban estupor y rechazo. Sólo consiguió vender una de ellas en 1874, La casa del ahorcado. Las exposiciones de los impresionistas eran ya de por sí lo que hoy llamaríamos "poco comerciales" y, dentro del grupo, la pintura de Cézanne destacó por ser aún de menos agrado.

Aquella sucesión de experiencias negativas no causó menoscabo en el incansable Cézanne. Dejó el grupo de los impresionistas en París y en 1878 volvió a la Provenza para seguir en solitario su búsqueda. En 1881 conoció a Gauguin y un año más tarde a Renoir, algunas de sus pocas conexiones exteriores. Gracias a la herencia recibida de su padre tras la muerte de éste en 1886, Cézanne pudo vivir con algo más de desahogo económico y desarrollar su trabajo con permanente intensidad y en un casi completo aislamiento social.

Tras la separación de su mujer y su hijo, comenzaron los problemas de salud. Sin embargo no todo fueron malas vivencias para el pintor, algunas de sus obras fueron expuestas en la Exposición Universal de 1900, hito que marcó el inicio de un creciente interés por su arte que se vio culminado en 1903 con varias exposiciones. Pese a ese reconocimiento, Cézanne continuó trabajando en completo aislamiento, ajeno a su éxito. Murió en 1906 en su tierra y prácticamente con el pincel en la mano, pintando sus paisajes provenzales, en medio de su anhelada soledad y un enorme éxito internacional.

Las exposiciones
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Existen muchos motivos para visitar esta muestra. Siete de ellos los expone muy inteligentemente Javier Zori del Amo en su artículo Siete motivos para ver la exposición de Cézanne en el Thyssen.

No puedo estar más de acuerdo con los argumentos de Javier Zori, sin embargo, quiero añadir alguna razón más para ver a Cezánne esta vez. Tiene que ver con la enorme diferencia de sensaciones entre aquella lejana muestra antológica de 1984 y el montaje actual. ¡Lo que han dado de sí 30 años de museografía!

En aquella ocasión, se planteó una propuesta hilvanada con hilo grueso a la cronología de la obra del pintor, diferenciando de forma más que evidente las cuatro grandes etapas desarrolladas por él a lo largo de su actividad, en perfecto orden cronológico. Una lectura lineal y muy pedagógica, sí, pero que adolecía de la riqueza de otros recursos más complejos y actuales. Como por ejemplo, la teoría de Robert Smithson que da el subtítulo a la exposición: SITE, NON-SITE, y que explica muy bien el universo dual de Cézanne y, sobre todo, de esa incansable búsqueda suya de la verdad y de la no-verdad sobre los espacios. De la equiparación entre objeto y la ausencia de él; se estaba abriendo la puerta a las vanguardias posteriores.

En la propuesta del MEAC cada obra estaba protegida por una barra de metal como medida de seguridad cautelar que no hacía si no mantener la lejanía entre el espectador y el cuadro. Hoy el visitante no tiene por qué estirar la cabeza para estudiar de cerca las pinceladas cuadradas, extensas y decididas, que construyen cada lienzo como un arquitecto monta una casa pieza a pieza.

Si el visitante tiene la suerte de ir en horas intempestivas al museo, podrá comprobar a sus anchas lo bien diseñado que está el recorrido de Cézanne, dicho en los dos sentidos: el recorrido del artista en su investigación evolutiva, perfectamente explicado, y el itinerario que el paseante-espectador puede hacer para contemplarlo. Una impecable iluminación, una colocación de los cuadros a escala humana, un afán por hacerse entender y dar a entender el discurso que motiva esta excelente exposición.

La manera de mostrar al público tesoros como éste es toda una lección de pedagogía (y museografía) del más alto nivel que el Thyssen nos regala una vez más. Cézanne construyó, nunca mejor dicho, los cimientos sobre los que descansan los principios de las posteriores vanguardias del siglo XX, de eso no hay duda. Y el Thyssen no ha hecho si no estar a la altura en la manera de comunicar al público una inmensa lección de arte.

Marta Echegaray Humet
Madrid, abril de 2014